La obediencia a Estados Unidos
Por Manuel Hernandez
El Espectador, 5 de Diciembre, 2000
Durante la Guerra de los Mil Días, ambos ejércitos, el liberal y el conservador, trataron de hacer contactos fuertes con Estados Unidos para desarrollar a Colombia aun a expensas de los criterios nacionalistas. Ambos partidos se refugiaron en el nacionalismo y uno de ellos mantuvo desde el gobierno su fidelidad. Es el caso de los conservadores con la misión bancaria que ponía fin a otras experiencias posibles sobre Banco Emisor que se discutían por aparte. La inquina de Benjamín Herrera, masón y plantador de banano, contra la United Fruit Company fue decisiva para la organización de la huelga y el posterior escándalo en el Congreso, promovido por su protegido Jorge Eliécer Gaitán.
Cuando Estados Unidos quiere algo lo consigue y pone a pelear a los agentes oficiosos de estos países, que luego de hacer el trabajo, pueden o no ser considerados como leales en una forma kafkiana; depende del humor con el que hayan sido redactados los informes de la CIA . La pérdida de Panamá y la huelga de las bananeras están en la mente de la historia escrita, por lo menos en el testimonio que es La Hojarasca, indisolublemente unidas. Tras los confusos años de la Segunda Guerra Mundial, en los que Estados Unidos descuidó un poco su frente suramericano, viene la obsecuencia de los conservadores en enviar un destacamento a la absurda guerra de Corea. En el país, eso coincide con una matanza de colombianos ahí cae ese señor Manuel Marulanda, en los calabozos del Sic, cuyo nombre tomará el campesino que lo ostenta ahora.
Qué maldición tan tenaz la historia de un boxeador que sólo existe por los golpes que recuerda que le permitió su sparring. Después, cuando la violencia se volvió un dato institucional colombiano, basta recordar lo que dice la gente sobre el Bogotazo; (me acaba de pasar en Lyon, hace menos de un mes, un catalán me hablaba con sorna de la pirofilia de los colombianos, que han quemado dos veces en menos de treinta años su Palacio de Justicia). Ahora, al negar la CIA los papeles sobre la muerte de Gaitán deja en claro sus secretos y se desvanece el servicio que el diario El Siglo hizo en su momento al acusar al comunismo internacional del asesinato del líder.
Al mismo tiempo, se abren los archivos relacionados con Chile y se demuestra que la CIA estuvo todo el tiempo pendiente de subir a Pinochet, que ahora va para la cárcel; lo mismo que a Noriega contra Torrijos, por lo del Canal y a Fujimori contra una oligarquía que la CIA veía impotente frente a Sendero Luminoso. Hoy, esa oligarquía, representada por Paniagua y Pérez de Cuéllar, vuelve al poder. Quien obedece a los gringos le va mal a corto, mediano o largo plazo; con ellos, la mejor política es la de ser Aliados Distantes, como se llama el libro de Stephen Randall. Porque eso sí, los académicos gringos, en cambio, siempre lo dicen todo y ayudan a la salubridad de su democracia interna, pero no a la de los países de su área de influencia. Salvo Chomsky. El caso más bochornoso es, sin duda, el episodio Irán-Contras, para hacerle guerra sucia con drogas al sandinismo en Nicaragua, de la mano de las relaciones, documentadas por Bernstein, entre la CIA y el Papa de Roma.
Este mínimo repaso debería hacer pensar a los políticos colombianos qué embrollo va envuelto en cada ocasión que le decimos sí a Estados Unidos. Ahora, cuando hace dos días se ha iniciado en forma el Plan Colombia, lo menos que se podría pedir es que, antes de seguir adelante, la CIA nos contara cómo fue el negocio de armas con Jordania, que le costó la cabeza a Montesinos y a Fujimori, los perros más obedientes a la voz del amo en los últimos cuarenta años de la Voz de la Víctor.
http//www.elespectador.com/2000/20001205/opinion/nota8.htm