¿Quién mató a Gaitán?
El Tiempo, 13 de marzo de 2001
En todos los crímenes de nuestra historia reciente, no sólo la nuestra, en todo el mundo, la CIA aparece como un fantasma infaltable.
POR EDUARDO ESCOBAR
La historia de Colombia es un enredo de incógnitas y una maraña de crímenes por resolver. Nadie sabe a estas alturas, o bajezas, quién mató al inmaculado Sucre; si mataron a Bolívar la tuberculosis y la decepción o el veneno impartido por una masonería de tenderos; quién mató a Obando; a Uribe Uribe, a Luis Carlos Galán, a Lara Bonilla. Algunos creen que a Lara lo asesinó la DEA, para desatar la persecución del Estado contra las mafias. Y a Galán, un grupo de traidores de su partido.
El crimen político que más tinta y ríos de saliva ha hecho correr es el de Jorge Eliécer Gaitán. Para muchos, su muerte está en el origen de todos los males nacionales de hoy. En todo caso, desencadenó las furias sobre el país. Y desató un temporal de desmanes, agravios e incendios, que redujo a cenizas nuestras ciudades. Los que estábamos muy pequeños para entender aprendimos a qué huele la ceniza. Y cómo es de triste su aspecto.
En todos los crímenes de nuestra historia reciente, no sólo la nuestra, en todo el mundo, la CIA aparece como un fantasma infaltable. (¿Y quién se esconde detrás de Pinochet? La CIA. ¿Y quién juzga a la CIA?) Y también en el de Jorge Eliécer Gaitán. Los paranoicos conservadores yanquis habrían reconocido el monstruoso rostro del comunismo detrás de la máscara de barro de Gaitán afilada en Italia con los socialistas y decidieron echarle los perros de su policía secreta. Es la opinión de los comunistas de cartilla.
Hay otras. Los conservadores de Manizales piensan que a Gaitán lo mataron los comunistas para echarle la culpa a la CIA, precisamente, quemar a Bogotá y tomarse la Radiodifusora Nacional para que Jorge Zalamea se entrenara como locutor. Hace años llegó a mis manos un libro de Silvio Villegas, después me lo robó un inolvidable amigo de Medellín, inolvidable por el libro, sobre los sucesos del nueve de abril. Villegas reproducía cartas cruzadas entre dos jóvenes cubanos de paso por Bogotá con el fin de sabotear la Conferencia Panamericana. Uno se llamaba Fidel Castro. El otro, Rafael del Pino. La opinión de los conservadores de Manizales coincide con la de los gringos.
La mitad de los gaitanistas que conozco piensan que a su jefe lo mataron los conservadores de aquí para impedirle el acceso al poder. La otra mitad, que fueron inteligencias de su propio partido, del ala oficialista, para lo mismo. En el patio del colegio de niñas burguesas donde estudiaba su hija, se sabía la víspera que iban a matar a Gaitán. Sus compañeritas habrían oído planear el sacrificio en sus casas, entre ajiacos, queso de Paipa y tamal con chocolate. Quién sabe. Tal vez oyeron vaticinios. Pero todo es posible en política desde Agripina y Claudio. Un insidioso bogotano dijo en son de chiste perverso que a Gaitán lo llevaba del brazo uno de sus mejores amigos para servírselo en bandeja al tirador. O tiradores. Como en la muerte de Kennedy, existen contra la teoría del asesino único, la de dos tiradores. Y tres. Vaya usted a saber.
Hay hipótesis que ponen en el tenebroso hecho un toque griego. Roa Sierra, hijo ilegítimo del padre de Jorge Eliécer, habría matado a su hermanastro por envidia, según una; según otra, los celos movieron el gatillo, pues el hermanastro le arrastraba el ala a la novia; y según la tercera, Roa estaba loco. Y su acto fue gratuito. Un escritor bogotano escribe su propia novela: un adivino alemán que Roa visitaba le pudre el corazón con horóscopos.
El irremplazable Iáder Giraldo, un periodista de una inteligencia feroz y de un humor negro humo, que estaba informado de todos los infundios malsanos del país desde la guerra de los mil días, me dijo: yo no sé quién mató al negro Gaitán. Sé que murió ahogado. No conozco una sola mesera en Bogotá que no se enorgullezca de haberle dado un vaso de agua en la agonía.