'Yo atendí a Gaitán agonizante'
José Alejandro González y Juan José Ramírez, redactores de EL TIEMPO
Abril 14 de 2002
Hernando Guerrero, primer médico que atendió a Jorge Eliécer Gaitán después del atentado, el 9 de abril de 1948, cuenta lo sucedido en la sala de urgencias el día del crimen que cambió la historia nacional. Crónica reveladora.
A las tres de la tarde del 9 de abril, los médicos de la Clínica Central cerraron la sala de cirugía. Adentro permanecía el caudillo liberal sobre una camilla, con la cabeza vendada y una manta cubriendo su cuerpo. Poco a poco, la gente se olvidó que allí había un muerto importante.
Solo habían pasado dos horas desde que Hernando Guerrero y Noel Gutiérrez, los jóvenes médicos residentes, interrumpieron su almuerzo para atender a un hombre que había sido abaleado. No era extraño. Bogotá ya era una ciudad violenta y, gracias a la buena fama de su personal, la permanente o las urgencias de la Clínica Central, calle 12 con cuarta, eran el sitio socorrido para llevar heridos.
Lo único que rompía la rutina eran los gritos que, desde la calle, lanzaba una turba agresiva compuesta por todo tipo de personas.
La víctima no dejaba de sangrar. Hernando Guerrero tomó la cabeza del herido, le puso un apósito y la vendó para hacer compresión e intentar detener la hemorragia. Luego aplicó oxígeno y plasma. Solo entonces notó que se trataba de Jorge Eliécer Gaitán, ‘El Negro’, el jefe del Liberalismo y más firme aspirante a la Presidencia en 1950. Entre la multitud de curiosos que seguía atentamente el movimiento de las manos de Guerrero se confundían Pedro Eliseo Cruz y Plinio Mendoza Neira, los dos amigos cercanos de Gaitán, que lo llevaron al hospital.
En la puerta de la clínica comenzó a formarse una manifestación de seguidores y simpatizantes del político. Algunas personas rompieron los vidrios exteriores de la sala de cirugía, para intentar ver a su líder. Mientras tanto, un hombre anónimo, armado con una enorme hoz segadora, impedía la entrada de más personas al quirófano. No podía ser más elocuente el símbolo.
El médico Guerrero supo que era imposible salvar esa vida. Gaitán llegó prácticamente muerto. Los signos vitales y pulso eran muy débiles. Su mirada estaba perdida y en su rostro no había ninguna expresión. Ni siquiera dolor. La bala que entró por la cabeza había destrozado el cerebro. Los otros dos proyectiles penetraron los costados del jefe político y afectaron órganos vitales. Cualquiera de los tres disparos seguramente lo hubiera matado.
Gaitán murió. Pedro Eliseo Cruz, quien también era médico, lo confirmó con su estetoscopio. Algunas mujeres, que se filtraron hasta la sala de cirugía, lavaron sus pañuelos con la sangre del caudillo y, cual Verónicas, los mostraron a la multitud.
Un policía que estaba en el quirófano y tenía una corneta como única arma, abrió pausadamente la puerta que daba a un patio atestado de gente e hizo un toque fúnebre para anunciar la muerte del caudillo.
Entonces, los médicos terminaron de limpiar el cuerpo del candidato liberal y lo cubrieron con una manta. Sacaron a los curiosos de la sala de cirugía, aprovecharon un instante para posar para la posteridad y cerraron el cuarto.
Los heridos del Bogotazo comenzaron a llegar. Una noche larga. Los gritos afuera de la Clínica Central no paraban. La noticia de la muerte de Agitan había convertido a la multitud iracunda en una turba sin control.
El dirigente liberal Darío Echandía decidió calmar al público. Desde uno de los balcones de la Clínica lanzó un grito contra el crimen de Gaitán. Pero al sonido de varios disparos, Echandía prefirió entrar.
La sala de urgencias parecía un desfile de moda los heridos del Bogotazo eran los mejor vestidos de la historia. Personas que, a pesar de sus lesiones, no abandonaban los costosos abrigos de piel ni las charolas de plata que habían saqueado de los almacenes de la carrera séptima. Las víctimas tenían síntomas similares balazos, cortes con arma blanca o quemaduras en cualquier parte del cuerpo. Extrañamente, también llegaron muchos intoxicados. Personas que, en medio de los asaltos, mezclaron su dolor con las bebidas alcohólicas que hallaban. La gente había enloquecido con el trago.
Todos los médicos de la Clínica Central se trasladaron a la sección de urgencias. Los diez galenos cargaban las agujas y el hilo de sutura en la solapa de sus batas. Cual sastres de alta costura estaban dispuestos a remendar los heridos que iban llegando.
Anónimos de todas las clases y condiciones. Un niño de 11 años sostenía sus manos, en forma de cuna, contra su pecho. Se acercó al médico Hernando Guerrero y le mostró el trozo de pulmón que sobresalía de la herida de puñal. El pequeño murió 20 minutos después de llegar a la sala de espera.
El número de cadáveres comenzó a crecer rápidamente. Ante la falta de una morgue, los encargados de la Clínica Central comenzaron a apilar los cuerpos en un garaje del primer piso.
La noche más oscura de Bogotá comenzó. Los incendios de la tarde dañaron los cables de energía eléctrica y el suministro estaba suspendido en la mayor parte de la ciudad. La sala de urgencias siguió trabajando con linternas y velas. Con la noche, comenzó un aguacero torrencial. Un diluvio que acabó con los incendios y que terminó con la revuelta.
10 de abril, 1948
El cadáver de Gaitán abandonó la Clínica a las seis de la mañana. Algunos de sus familiares lo pusieron en un féretro y lo subieron en un jeep que se perdió en la silenciosa ciudad.
La autopsia del caudillo se había realizado la noche anterior en la sala de cirugía del centro médico. Las protestas y los francotiradores complicaron el traslado del cuerpo a la morgue. Los resultados de la autopsia nunca cambiaron la primera impresión. Una bala destruyó el seno longitudinal y afectó severamente el cerebro. Otra rompió el pulmón derecho, golpeó la séptima vértebra, perforó el hígado y se alojó en el ciego (cerca del apéndice). La última perforó el pulmón izquierdo. Ni los equipos más modernos lo hubieran salvado.
Después del trajín del día anterior, las drogas comenzaron a escasear y fue necesario ir a buscarlas a los dispensarios de otros centros hospitalarios.
El médico Guerrero, junto a varios ayudantes, subió una ambulancia y comenzó a pasear por Bogotá. Era una ciudad en ruinas, muy diferente a la que había visto antes de entrar a la sala de urgencias, el 9 de abril.
Las pocas personas que se atrevían a salir a la calle, levantaban sus manos instintivamente al paso del automóvil blanco.
Al regresar a la clínica, los disparos de los francotiradores comenzaron a perforar la ambulancia. Los ocupantes del vehículo se lanzaron al piso y se olvidaron por un momento del conductor, un hombre que con gran pericia y mucha suerte logró sortear el difícil momento.
En la clínica comenzó la romería. Personas que buscaban a sus familiares y amigos entre los cadáveres amontonados en el garaje de la vieja casona. La sala de urgencias también era asilo obligado para cuatro monjas de clausura. El día anterior se había quemado su casa, la única protección que tenían. Nunca habían visto un radio ni un carro. Mucho menos sabían quien era Gaitán.
Durante los dos días posteriores, Guerrero no salió del hospital. Tampoco durmió. Los alimentos se habían agotado, pero era imposible salir a buscarlos. Su único alimento fueron tres papas criollas.
Al terminar el segundo día, el joven galeno pudo abandonar la Clínica Central y verse con su esposa, quien había dado a luz a su primer hijo apenas un mes atrás y estaba refugiada en su casa sin salir, y sin atención de ningún tipo. Guerrero durmió lo suficiente para regresar a su trabajo al día siguiente.
¿Y quién mató a Gaitán?
Todos los 9 de abril, desde hace 54 años, la misma pregunta se dispara al aire, como intentando cazar alguna respuesta diferente a las ya conocidas, a las mismas frases que todos conocen.
Lo mataron los conservadores. Politiqueros o simpatizantes vieron temieron que un 'negro', hijo del pueblo y con vínculos con la izquierda, lograra la candidatura del partido liberal y se perfilara como presidente.
Lo mataron los comunistas. La mancha roja dispuesta a regar su odio contra el establecimiento y crear una ola de indignación popular; o a sabotear la Conferencia Panamericana que se reunía en Bogotá. O por lo menos así lo creyó el embajador de E.U. en ese momento.
Lo mató la CIA. Había que evitar que la URSS, su peor enemigo, comenzara a sembrar las semillas del comunismo en esta parte del planeta. Lo que dicen sectores de izquierda.
Lo mató Juan Roa Sierra por venganza. Unos dicen que el candidato cortejaba a su novia. Un ex director de la CIA alega que por culpa de Gaitán quedó en libertad el asesino de un tío de Roa Sierra. Ahora dicen que era el medio hermano no reconocido del caudillo liberal. Cachudo, ardido o bastardo, su razón tendría.
No lo mató nadie. Gaitán murió ahogado. Entonces, no había mesera bogotana que no le hubiera "dado un vasito de agua en la agonía". O por lo menos así lo pregonaba, con todo su humor negro, el periodista Iáder Giraldo.
Varios de los médicos que atendieron al caudillo Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. Segundo de izquierda a derecha, Hernando Guerrero, entonces de 22 años. También figuran Héctor Cadena, Noel Gutiérrez, Alfonso Bonilla Naar, Jorge Tribín, Hernando Valencia Quintero, entre otros.